sábado, 6 de febrero de 2010

Posse, Aguinis, los libros y el futuro

Uno de los libros más vendidos en los últimos años se llama ¡Pobre Patria mía! Está escrito por Marcos Aguinis, un escritor muy popular y de larga trayectoria que, hace poco tiempo, propuso que los argentinos dejáramos de pagar impuestos.
Hay que leer esa prosa incendiaria para percibir que los problemas de intolerancia en el debate público argentino no provienen de un solo lado. Para Aguinis, Cristina “quiere imitar a Eva Perón pero le sale el agresivo tono de montonera soberbia”, “habla tanto que no logra medir el alcance de sus palabras”, “incorporó a su imagen una variedad infinita de ropa, fuerza una sonrisa tan poco convincente como perpetua, e irguió una arrogancia de maestra ciruela que bordea el ridículo”, “no ha cambiado la composición del círculo que construyó su esposo, excepto en matices que no modifican el color dominante, compuesto por ex guerrilleros, terroristas, secuestradores e ideólogos, convertidos ahora en cleptómanos burgueses sin culpa ni arrepentimiento”. Kirchner, en el mismo libro, es descripto como “Señor del Glaciar al trópico, de los Andes al Atlántico. Apoltronado en su sombrío sillón y sus más sombrías ideas, gobierna sin consultar con más interlocutores que sus propias neuronas, pesadillas o ambiciones. Un Júpiter que baja línea en forma de rayos y truenos”. Y los argentinos “somos un espectáculo que hubiera reventado de envidia a Nerón”.
Hay que poder escribir estas cosas.
El problema es que Aguinis no está solo. Eso lo reflejan no sólo sus cifras de venta sino también la súbita aparición de Abel Posse en el centro del escenario político. Es imposible no percibir las coincidencias en el tono histérico y el contenido disparatado entre aquel panfleto de Aguinis y la nota que firmó Posse en La Nación, un día después de su escandalosa designación. Sostiene Posse: “Impusieron la visión trotskoleninista de demoler las instituciones militares y la policía, como vengándose de los años setenta, cuando una minoría se alzó contra el Estado para imponer una revolución socialguevarista, ajena y aislada ante la inmensa mayoría, empezando por el mismo Perón, los sindicatos y los partidos tradicionales. Sin embargo, con persistencia gramsciana, los guerrilleros que rodean a los K –aunque ya estaban generosamente indemnizados por sus derrotas de los 70– lograron afirmar la tarea de demoler a las Fuerzas Armadas, lograr que los policías se sientan más amenazados e inhibidos en la tarea represiva que los delincuentes en su agresión y que la Justicia se ausente en este momento de crisis, sin reaccionar con urgencia ante la criminalidad reincidente y concediendo excarcelaciones a una gran cantidad de menores, incluso en casos de asesinato o uso de armas. Algunos miembros de la Corte deben creer que son niños equivocados y con animus iocandi. El Poder Judicial parece refugiado y silencioso, pese a la tormenta con la que la mala política del Poder Ejecutivo arrasa con los principios básicos del derecho. En estos años, el olvido constitucional nos lleva a la anarquía”.
La designación de Posse por parte de Macri refleja que no se trata de un personaje marginal. Pero además, fue respaldado por Hilda “Chiche” Duhalde –“empezó con mucho huevo”, dijo–. Y, antes de ser ministro, fue candidato a senador de la lista que encabezó Roberto Lavagna en las últimas presidenciales.
Todo el panorama –Posse, Aguinis, Duhalde, Lavagna, Macri– expresa que, entre las alternativas que se preparan para suceder a los Kirchner hay un componente troglodita, antediluviano con aspectos revanchistas e intolerantes, con el cual algunos líderes de la oposición coquetean. Lo hubo siempre: desde el mismo momento en que los Kirchner asumieron, como recordara cualquiera que relea aquella célebre nota de bienvenida que le escribió José Claudio Escribano, donde se auguraba que el Gobierno duraría apenas un año, o aquella notable pregunta de Mirtha Legrand sobre el zurdaje.
Ese aspecto de la oposición a los Kirchner muchas veces es amplificado por el propio Gobierno como si fuera la única crítica que existe, y como si cualquier crítica pudiera ser asimilada a la de Aguinis-Posse, o como si cualquiera que ejerza el derecho de opinar libremente sobre el oficialismo se transformara inmediatamente en cómplice de esos dislates o, como mínimo, en sospechoso, en raro. Un ejemplo de eso es cuando, por ejemplo, se aprovecha la existencia del libro de Aguinis para desmerecer un interesante trabajo de investigación sobre este período, que varios periodistas están realizando a través de distintos libros.
En la lista de libros de no ficción más vendidos en estos días no solamente figura el de Aguinis sino que, además, hay otros tres textos que merecen –para quienes tienen interés en estos asuntos– ser recorridos. El mejor de ellos, a mi entender, se llama La Doce, y fue escrito por Gustavo Grabia, uno de los valientes colegas que han investigado desde siempre a las barras bravas argentinas. Grabia escribe prácticamente una novela sobre la mafia, al relatar la historia de cómo la hinchada más fiel del club más popular de la Argentina termina generando una estructura asesina, con complicidad de dirigentes, policías, políticos y hasta jueces. Es imposible no pensar, mientras uno lee el texto, en la generosidad que todos los gobiernos han tenido con estas bandas y –particularmente, en estos tiempos– en los vínculos que la actual conducción del país ha forjado con ellos. El progresismo solía denunciar estas cosas. Por suerte, hay periodistas que lo siguen haciendo.
El segundo libro periodístico valioso que hoy se puede encontrar en las librerías se llama El Dueño –bate récords de ventas– y está escrito por Luis Majul. Es cuestión de opiniones, pero a mí me resultó muy elogiable por varias razones. Primero, recorre como si fuera un manual los principales vínculos entre política y negocios en estos tiempos. Por sus páginas, son descriptos personajes enigmáticos del poder kirchnerista, como Cristóbal López, Lázaro Báez, Rudy Ulloa Igor, o aliados como Eduardo Eurnekian y la familia Eskenazi, la empresa Electroingeniería, entre muchos otros. Y se analiza puntillosamente la evolución patrimonial de los Kirchner. En segundo lugar, todos hablan en El Dueño: hay largos –e interesantes– reportajes a cada uno de los protagonistas-acusados, lo que constituye una primicia. Y en tercer lugar, para quienes recurren al lugar común según el cual el periodismo suele denunciar la corrupción política y no la económica, este libro constituye una desmentida: sus páginas afectan a Repsol, Aeropuertos 2000, empresas constructoras, de juegos, mineras, entre otros varios avisadores de este país, dentro de los cuales el Estado no es el menor. El título El Dueño es una referencia a Los dueños de la Argentina, escrito por el mismo Majul durante la década del noventa, lo que demuestra que no se trata de un arranque furioso anti K sino de una tradición.
El tercer texto que figura en las listas se llama Patria o Prensa y está escrito por Edi Zunino. Es un relato bastante moderado sobre la complejísima y sensible relación entre prensa y poder en la Argentina. Desprestigiar al autor con el argumento de que es “periodista de Perfil” no es demasiado inteligente, ya que Perfil es justamente el medio que ha cubierto con más libertad, por ejemplo, el conflicto entre los Kirchner y Clarín, y ha sido ácido crítico de los unos y los otros –a diferencia de tantos que sólo cuentan la mitad de esta historia– desde mucho antes que ambos rompieran lanzas.
Sería injusto, quizá, no agregar el libro de Ceferino Reato sobre el asesinato de Rucci, por los debates que reabrió en el momento de su aparición, y por la crónica –para mi gusto, muy novedosa– sobre las minucias del mundillo sindical de comienzos de los setenta.
En algún sentido, algunos de los libros periodísticos que –por suerte– han aparecido en estos días, son la contracara de Posse y Aguinis, ya que demuestran que la crítica se puede ejercer con información y trabajo, y sin histeria fascistoide. Mezclar a los unos con los otros es una maniobra inteligente para desprestigiar una mirada crítica valiosa e inteligente mezclándola con gritos de energúmenos.
No son lo mismo estos libros que aquellos, como no son iguales Miguel Bonasso, Claudio Lozano, Victoria Donda y Hermes Binner que Hugo Biolcati o Francisco de Narváez. Si el Gobierno –y sus intelectuales– descubrieran esa obviedad, quizá podrían tener más incidencia sobre la realidad.
Los libros periodísticos continúan una tradición que fue muy vital en la década del noventa. De aquellos tiempos queda una larga lista de títulos como Robo para la Corona y Hacer la Corte, de Verbitsky; El Jefe, de Cerruti; Los dueños de la Argentina, de Majul; Pizza con champagne, de Walger; El Narcogate, de Lejtman; La biografía de Alfredo Yabrán, de Miguel Bonasso; La Mafia del Oro y Citibank vs. Argentina, de Marcelo Zlotogwiazda.
En general, ocurre que los periodistas escriben sobre las personas que ocupan el poder político. Hay libros mejores y peores, por supuesto. Algunos más profundos y otros más superficiales. Unos tienen una evidente búsqueda del negocio y otros son la expresión de una necesidad vocacional: así sucede aquí y en todo el mundo democrático. Suele ocurrir que la escritura de un libro es un desgaste importante para quien la ejerce y casi nunca un negocio. Por eso, es bueno que haya colegas que continúen las buenas tradiciones de los noventa.
No debería eso poner nervioso a nadie.
Lo que nos empieza a poner más nerviosos aún a todos es el futuro, no los libros. Entre el aislamiento –en gran medida autoinfligido– del gobierno kirchnerista, y las uñas y dientes que empiezan a mostrar Macri y De Narváez –o Aguinis y Posse– parece ser que la Argentina aparece otra vez ante el riesgo de un movimiento pendular que sería la antesala de otro fracaso, de otra desilusión.
¿Será así?
¿Cuánta responsabilidad tendrá cada uno en que eso suceda?
¿Podrá la sociedad civil evitar que una revancha siga a la otra y así sucesivamente?
El problema no son los libros, no son los diarios.
Es el futuro.
Que es lo más difícil de pronosticar, como siempre.
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